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Son las 4.30a.m. de un nublado y frío día de Febrero y ya Rosario desde Lucero Alto se dispone a ir a su otro hogar. Baja la montaña apresuradamente y toma el transporte que aunque incómodo es el único que le garantiza llegar en hora y 15 minutos a la 116.

Y llega Rosario a su precioso hotel con una sonrisa congelada pero disfrazada de la angustia de tener que pagar el arriendo, los zapatos del niño menor y la torta de cumpleaños de su niña de 12 años. Hoy hay 80 llegadas, una compañera de trabajo no vino y deberá arreglar 18 habitaciones. Pero la alegría de Rosario es más grande ya que llega la quincena y a pesar de tener bastante trabajo su mayor felicidad es esperar ver su familia por la noche escuchando el coro de «mami, mami, mami».

En un hotel se viven mil y una historias. En el tercer piso está el otro ejército, el de Alimentos y Bebidas. Estos gladiadores ya están sirviendo el desayuno. Las instrucciones deben ser precisas ya que no se admiten errores. Acá el tiempo y las temperaturas los hacen invencibles. 15 segundos de más en esos huevos benedictinos harán que el capitán del ejército estalle su furia. Y en el restaurante, los esmerados meseros harán un show y un derroche de talento, colores, aromas, pulcritud en el servicio, exactitud, amabilidad y sincronización. En el restaurante se transforma en magia lo que se crea internamente en los fogones. Se escuchan sonrisas, música cosmopolita que suaviza un poco el bullicio de las conversaciones de exigentes huéspedes de negocios que hablan de juntas, cifras en dólares, del NASDAQ y cumplimientos de presupuesto.

Y ahora en el lobby, ese espacio de pisos inmaculados, flores y aromas exquisitos aparece lo más sutil de la hospitalidad, recepcionistas con sonrisas perfectas y eternas, un ambiente de multiculturalidad, belleza en todo su esplendor. Cuánta magia hay en un lobby, ¿cierto? Sillones de diseñador, carros blindados parqueados, buses blancos con grandes delegaciones. En un hotel se refleja un mundo que nunca para, que nunca duerme.

Y allí tras bambalinas, el Departamento de seguridad con sus porteros y cámaras titilantes se aseguran que ningún malandrín se pase de listo. Nuestro pequeño «Ministerio de Defensa» vigila riguroso que nadie en nuestra mini ciudad sea robado o amenazado.

Allá arriba en la suite 812, Rosario comienza a darle forma a un nuevo escenario del show, una ejecución impecable de 30 minutos con sábanas de algodón egipcio, espacios inmaculados, cama celestial y amenities de lujo. En nuestro secreto lenguaje reporta: «Vacia lista» Ya sólo faltan 17.

Mientras tanto, en la oficina de ventas, Olga Liliana, la encopetada directora corporativa de ventas y marketing con aroma de Chanel, está feliz de ver que su Revpar está USD$25 más arriba del Hotel Metropolitano, su acérrimo archirrival. Y como si la dicha fuera poca, en Abril tendrá un grupo de 100 habitaciones de la Embajada. Cada vez está más cerca el premio que le prometió su jefe: Participación en la feria de turismo en Madrid el próximo año. Y por supuesto ir a París, su sueño añorado.

Ya son las 4:00pm y Rosario finalmente termina sus 18 habitaciones, pero aunque cansada y feliz se dirige a su otro mundo, a su otro hogar. Allá no hay amenities Loccitane, ni baguete, no hay pisos de mármol carrara, ni la ensalada Caprese que pide Olga Liliana en el restaurante. Sabe que está feliz de ser parte del ejército silencioso que hace que la magia exista además de que se siente feliz porque también lo hace por el bienestar de su familia.

Un momento. ¿Qué pasó? No puede ser. Las noticias que llegan son impensables. Cerraron el aeropuerto. Hoy en un día nublado, Olga Liliana está en casa y todavía no entiende porqué los lujosos pasillos de su hotel que nunca había cerrado, están desolados.

Al otro lado de la ciudad, pasando la montaña se resguarda Rosario con su familia y con la esperanza de que termine esta horrible pesadilla ya que el hambre no da espera. Rosario tiene miedo y no sabe qué hacer y además las cacareadas ayudas del Gobierno no llegan.

Hoy todos los que hacemos parte del turismo somos una sola familia. Ya pasará este crudo invierno y renacerá la primavera. Tal vez sin menos abrazos como antes pero con la añoranza de reencontrarnos, de ver a nuestros huéspedes, de prender nuevamente nuestra locomotora. Ya vendrá el momento de ponernos de nuevo el uniforme y de sentir de nuevo el aroma del hotel.

Reynaldo Mora, Bogota. search4.co

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